Mientras el mundo entero habla de la pandemia del COVID-19, en Argentina, principalmente en las provincias del centro y norte, también acecha otra enfermedad, el dengue, transmitida por el mosquito Aedes aegypti. En el último Boletín epidemiológico emitido por el Ministerio de Salud, se informó que son más de 15 provincias las que han reportado casos positivos tanto importados como autóctonos. En Córdoba, el día 25 de marzo del corriente año, se registró el pico histórico de casos, según informó el diario La Voz del Interior, con 902 infectados y con 4 víctimas fatales por esta enfermedad.

Por Ananda María Lavayén para El Entramado

Hay que recordar que este problema sanitario había sido erradicado en 1960 y reapareció en 1998 en algunas provincias como Salta, Formosa, Jujuy, Chaco, Corrientes y Misiones, hasta la explosión de casos en 2009. Aunque su despliegue es imposible de adjudicar a un solo factor, la expansión de la enfermedad guarda relación directa con la ampliación de la frontera agropecuaria y la consiguiente tala de monte, la supremacía de los monocultivos a base de transgénicos y la masiva aplicación de pesticidas y agroquímicos que eliminan a los depredadores naturales de los mosquitos, como son los peces y anfibios, que, naturalmente, controlan la evolución poblacional de los transmisores del dengue. Año tras año, puede verse cómo los mosquitos generan resistencia genética a los agroquímicos mientras que los depredadores no lo hacen.

Es indudable que el modelo productivo basado en el monocultivo de soja transgénica, la utilización de herbicidas, fungicidas e insecticidas posee su impacto en la tasa de reproducción y supervivencia del mosquito Aedes aegypti. Sumando a esto, la deforestación y la quema de bosques y montes ha fomentado la migración de los mosquitos hacia otras zonas donde han encontrado condiciones óptimas para su supervivencia.

Además, a este problema local, hay que sumarle otro fenómeno a nivel global como es el cambio climático. Este fenómeno ejerce una notable influencia en la propagación del mosquito, ya que la elevación de las temperaturas y el cambio en las condiciones de humedad propicia tanto la zona de distribución como el incremento del número de generaciones anuales de mosquito y, por ende, mejores condiciones para la expansión de la enfermedad.

La realidad muestra que el dengue ya es una dolencia que, cada año, dice presente tanto en los territorios más cálidos del país como también en las provincias de clima más duro como Neuquén o Chubut, en las que también han aparecido casos en el último tiempo.

Mientras que el mosquito avanza, el gobierno aumenta sus acciones, campañas y recomendaciones para prevenir la reproducción del mismo, entre ellas, evitar tener en las viviendas recipientes que contengan agua estancada, vestir ropa de color clara, colocar mosquiteros, usar repelentes y mayor frecuencia en las fumigaciones realizadas por parte de las reparticiones del Estado.

En ese sentido, la Cámara de Empresas Agroaéreas de Córdoba le propuso al gobernador Juan Schiaretti combatir el dengue con aplicaciones aéreas de insecticidas, según una noticia publicada el día 27 de marzo en el diario online Agrovoz. Esta medida, sin dudas, acentuaría el desequilibrio en el ecosistema, teniendo en cuenta que, con las fumigaciones (en este caso, masivas), no solo se exterminaría el mosquito, sino también otras especies. Además, no hay un estudio acabado que indique cómo afectarían a largo plazo dichos productos en las personas, animales, plantas y cursos de agua. Hay que tener en cuenta que quienes proponen y autorizan estas soluciones (Ministerio de Salud de la Nación, el Senasa, el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación, y la Red de Buenas Prácticas Agropecuarias) son los mismos que avalan el uso de agroquímicos y los consideran inocuos.

Para concluir, podemos decir que todos estos esfuerzos y supuestas soluciones no son suficientes ni adecuadas si no se plantea un cambio en el sistema de producción y se continúa adelante con una práctica agrícola que hace uso abusivo de las fumigaciones, como así también de la tala de bosques y monte de forma indiscriminada, generando un grave desequilibrio en el ambiente que trae, entre otras consecuencias, el brote de enfermedades transmitidas por vectores.

Fuente: La Tinta